miércoles, 9 de marzo de 2022

PASEO NUEVO

 El ensanche oriental originó el Paseo de la Zurriola, que tenía su defensa puesta en un rompeolas, pero allí terminaba todo, menos la esperanza de los pescadores de caña, que ya se sabe que es eterna y que allí se plantaban.

Para la iniciativa de aquellos admirables donostiarras que nos precedieron no era un obstáculo insalvable ni la furia del Cantábrico y prosiguieron avanzando su paseo por las rocas batidas del Urgull.

El proyecto de Tirso Jarauta llevaba fecha de 1881, Azqueta lo modificó algo finalmente, el que dirigió la obra fue el ingeniero militar Luis Balanzat.

Fue construído en tres trozos, que se inauguraron los dos primeros en 1916 y 1917, y para el último, el más dificultoso, se precisaron dos años, inaugurándose el 24 de septiembre de 1919.

Es natural que paseo de tantos atractivos tentara a tener diversos nombres, el primero de los cuales fue el de Paseo del Príncipe de Asturias; pero ya se sabe que la política voltea, como las peñas que van cayendo del Urgull al mar, y así se irán sucediendo sus nombres, aunque los donostiarras ni se enteran de sus cambios de denominación, pues siempre lo hemos llamado el «Paseo Nuevo»,Aquel recordado «tambor de la Zurriola» no era sino el último resto del antiguo muro de costa, que iba desde dicho punto a enlazar con la pequeña rotonda existente al final del Paseo de Salamanca.

PASEO DE SAN FRANCISCO

 Era un lugar, según un documento del siglo XVIII, en el que había «más de mil árboles», que unidos a los pinares que se erguían en las dunas de Gros, formaban uno de los espacios clorofílicos del San Sebastián antiguo.

Aquel paseo público de Atocha se prolongó, en 1854, con terraplenes y rellenos efectuados por el cantero Pedro Galdós, que Miguel Beguiristain, su sucesor, no había concluido aún en 1883.

En recuerdo del viejo convento y del paseo, dedicados al santo de Asís, se puso su nombre, en 1895, a la calle que, arrancando de la calle de Miracruz, va hasta la vía.

PASEO DE ATEGORRIETA

 Muy cerca del puente se encontraban, como ya ha quedado dicho, la mansión de Gros y una fábrica de puntas de París. A la derecha, casi oculta por la vía, se divisaba apenas la fachada de la Casa de la Misericordia (hoy depósito municipal). Luego, camino adelante, se topaba el paseante con el barrio del Chofre, en el que se levantaban la fábrica de chocolate de Mi. guel Iribas —movida ya a vapor, la litografía de Jornet, una fábrica de destilación de petróleo, otra de fundición de hierro, los lavaderos, etc. Un poco más adelante despedía humos la fábrica de cerveza de Benito Kutz, a poca distancia se construían los Campos Elíseos y, en frente, habían surgido ya las primeras villas.

Pues bien, precisamente al lado opuesto, corría a todo lo largo de la carretera, contiguo y paralelo, el Paseo de Ategorrieta, poblado también de hermosos árboles y con cómodos asientos. Una pequeña fuente aguardaba al caminante en me. dio del paseo. En su derredor eran muchos los caseríos y villas. El nombre aquel le venía al paseo, porque la mayor parte de las puertas y ventanas de sus casas estaban pintadas alegremente de rojo.

Una guía de 1880 lo describía así:

«Este paseo sigue siendo el predilecto del vecindario, no tan sólo por su pintoresco paisaje, sino porque es un punto muy abrigado durante el invierno, (por la proximidad del monte Ulía)».

A mitad del recorrido del paseo estaba la venta Bere-calte, en cuya cercanía existían, mediado el siglo pasado, otras diez casas: Mandomene (o Vandoma), Sastrene, Martillum, Gorraene, Baderas (25), Baderas-tolare (26), Ituendegui, Echeluce (27), Echechun (28) y Villavista, a las que luego se añadieron Guruceta (o Echeberri), que después se convertiría en el trinquete de Arzac, Gorraene-chiqui y Machiñene (o Enriquene y Eltzegilleta). El caserío Ituendegui (29) fue el primitivamente designado con el posterior apelativo general de «Ategorrieta» o «Puertas Coloradas», por el color de sus puertas y por ocurrencia de los obreros que trabajaron en la construcción de la carretera que uniría el Antiguo con Miracruz, en 1847.

De aquellos paseantes, tan amantes de respirar aire puro, había algunos que, al regreso, caían en la tentación de beber una jarra de cerveza en los bonitos jardines de Kutz. Por una jarra grande se pagaban 75 céntimos y por la pequeña 40, pero con de recho a jugar a «la rana». Para los abstemios y circunspectos estaba la Fuente de la Campana (30), llamada así por la forma de su recipiente y que era donde se iniciaba el PASEO DE LOS CURAS, o camino antiguo de Herrera, escondido tras una hilera de bonitas casitas, que resultaba un lugar más sombreado y tranquilo aún, como suele corresponder en todo sitio a los paseos así denominados. Pero aquel paseo clerical terminaba, se. guramente que con gran escándalo de los abates, en una pequeña plazoleta (31), en donde el demonio organizaba en los días festivos un nutrido baile con los «Ategorrietako tamborileruak», como decía una canción y que venían a ser los «Rolling Stones» de la época. Y razón tenían los clérigos para fruncir su ceño, pues menudeaban las broncas entre militares y paisanos por culpa de los bailes (mejor, de las que bailaban) y fue preciso suprimirlos.

No nos consta que fuera la circunstancia anteriormente anotada la causa o la ocasión, pero lo que sucedió fue que, para 1871, según Manterola, aquel paseo estaba ya «relegado casi por completo al olvido, apenas si se ve en él alguna gente fuera de las tardes de julio y agosto, en las que descansa en sus espaciosos bancos la gente que vuelve del paseo largo, a su regreso para la Zurriola».

A medida que las edificaciones fueron invadiendo Ategorrieta, la billera de la primera venta se tuvo que alejar hasta el final de la cuesta, hasta Viñagres (32), en donde se hizo cargo de ella Joshé Beñardo Arzac.

Al arquitecto Barrio se le encargó en 1880 un proyecto para hacer de aquel paseo una gran alameda, pero a los cinco años abandonó aquella idea el Ayuntamiento por resultarle muy cara la obra (casi medio millón de pesetas de entonces).

Por julio de 1900 comenzaron a construirse las villas de Ategorrieta, destacando por su buen gusto la de Gaytán de Ayala (33).

En cuanto al nombre de Miracruz escribió mosén Jacinto Verdaguer, que pocos saben que estuvo convaleciendo en el Colegio de la Asunción:

a ¿De dónde le viene a este soñado paisaje, coronado de verdores intensos, de vagas nieblas, de humedades recónditas y fecundas de intensa poesía, el nombre místico de Mira-Cruz?

Antaño, por allí pasaba el camino real de Pasajes y Francia..., y por él discurrían los romeros del Santo Cristo de Lezo... y, antes de perderlo de vista, se volvían a darle religiosa despedida, rezando un Credo que en el mismo lugar rezaban también los peregrinos que allá encaminaban sus pasos. Además no eran sólo los devotos del Santo Cristo de Lezo, que algunos tenía también y tendría aún, si no lo hubiesen quitado, el del Castillo de San Sebastián (34)».

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(25) Gorraene y Baderas sirvieron, 1813, como Beneficiencia y dieron origen a la célebre «Westminster Square» donostiarra. 
(26) Las tres Baderas y la venta Bere-calte se convirtieron en el actual Colegio de Notre Dame.
(27) Donde estuvo la caseta de carabineros.
(28) Fue el punto donde se levantó luego el convento de las Salesas. 
(29) Machiñene e Ituendegui dieron origen al convento de los Angeles Custodios.
(30) Estaba sombreada por una docena de viejos plátanos y olmos, donde hoy se levanta el surtidor de gasolina de Jai-alai. (31) Verdadero punto original de Ategorrieta, donde las futuras cocheras.
(32) Se llamó así, porque sus émulos le calumniaron con que vinos eran aviñagres» y Arzac, lejos de amilanarse, aceptó el apelativo como nombre de guerra.
(33) Recuerda José María Donosty que, «a fines del próximo pasado siglo y principios del presente, el paseo de Ategorrieta era de una infima y modesta extensión. Nacía en la Fuente de la Campana (la gasolinera actual aproximadamente) y se extendía hasta topar, allá al fondo, pasadas las cocheras del tranvía, con la puerta colorada... Todo aquello... y gran parte del propiamente llamado paseo de Ategorrieta ha desaparecido apropiado por un determinado número de villas, que han incorporado a sus respectivas propiedades el paseo antaño del procomún municipal. Estas villas se llaman «Cedicho-enea», «San Medel», «María-enea» y «Alorenea» para terminar en... «Atari». A partir de este último se restablece el antiguo paseo hasta la famosa puerta, que no obstante el tiempo transcurrido sigue pintada de colorado.
A la entrada de este antiguo y genuino paseo de Ategorrieta, o sea, en torno a la Fuente de la Campana desaparecida, subsiste aún el que considero –escribe Donosty, más vetusto lote de próceres árboles donostiarras, olmos y plátanos corpulentos». (La Hoja del Lunes, 19.V.1975). 
(34) Información recibida de don Daniel Arrate, capellán que fue del Colegio.

ALDERDI EDER

 El nombre vasco de este parque significa «Paraje hermoso», que, como se ve, está muy bien puesto.

Cuando se derribaron las murallas, en 1863, el campo de «Errege soro», que así se llamaba entonces, sirvió provisionalmente para las maniobras militares hasta que, en 1875, el Ayuntamiento cedió al Ejército unos arenales pedregosos en el Antiguo, que luego serían la playa de Ondarreta, y además concedió al Gobierno otros dos edificios en la Plaza de Guipúzcoa, en 1881.

Y, siendo campo de maniobras, ya empezó a denominarse este espacio como «Alderdi-eder». Por ello, el Ayuntamiento no hizo sino dar oficialidad a este nombre cuando, el 28 de mayo de 1879, acordó poner tal nombre al parque que se iba a crear en la explanada comprada al Estado. Allí se montó un veló. dromo y sería el solar para los circos y las ferias. Unos años más tarde, en febrero de 1886 y entre las calles de Urbieta, Miramar, Avenida y entrada al Paseo de la Concha se colocó una pilastra sobre la que luego se habría de colocar un reloj de cuatro esferas con el horario de Madrid, Paris, Londres y San Sebastián, como los cuatro grandes de la hora.

Aquel parque se convirtió con frecuencia en centro de ceremonias y de festejos. En él existía una fuente luminosa, que el público, con sus burlas, obligó a desmontarla (23), un gra. cioso montículo al que pomposamente se llamó «el Monte Ruso», con su arbolado, cuevas y senderos que eran, a la vez que el siempre buscado comedero de los franceses, el paraiso de los niños donostiarras y el cobijo de los novios. Pero, en diciembre de 1910, acordó el Ayuntamiento la reforma del parque, que implicaba la desaparición del Monte Ruso, sin que una sola voz se alzara en su defensa, aunque eso no impidió que, al año, un literato se lamentara:

« Monte Ruso, tu vida fue efímera... Intima fue tu historia, Aguantabas en noches de invierno el embate horrible de los elementos desencadenados, del mar rencoroso, de la lluvia azotadora... En mañanas apacibles de invierno, en cambio, amparabas en tu balcón soleado a los pobres viejecitos que, ateridos de frío, a tí acudían a lograr la limosna de un poquito de sol. En noches calladas de junio, amparaste los amores dulces».

Si Castelar dijo, refiriéndose a este Monte, que los donostiarras, en cuanto tenían a la vista un trozo de horizonte se apresuraban a taparlo, cuando decidieron eliminarlo, se quejaron al Ayuntamiento algunos vecinos de la calle de Hernani, alegando que aquel Monte Ruso los protegia contra los ventarrones del mar. Es verdad que tuvo poca vida, pero dio mucho que hablar.

Quizá por compensación se instaló luego (11-VII-1911) en el parque el grupo escultórico de los «Leones», que se esculpió en Italia para este preciso capricho ornamental, como el de las «Bailarinas», al día siguiente, que luego pasaría al Bulevar.

Con motivo del III Centenario de la publicación del Quijote, en 1905, se acordó dedicar a Cervantes su actual plaza, aunque el aprendiz de monumento o «pisapapeles» tardaría en ponerse casi setenta años. Es de esperar que siga la misma suerte de la fuente luminosa, del Monte Ruso y del Monumento del Centenario.

Aquel Monumento se erigió, el 1 de septiembre de 1913, en conmemoración del centenario del incendio y resurgimiento de nuestra ciudad. Fue obra de los arquitectos Javier Luque y Julián Apraiz, con figuras talladas por Piqué y que costo 225.000 pesetas (24). Su basamento era de forma triangular, reflejando tres hechos importantes en los tres chaflanes: un episodio bélico, la desolación del saqueo y la reunión de Zubieta. Contaba con cuatro guirnaldas con las fechas del incendio, del acuerdo de Zubieta, cuando Fernando VII colocó la primera piedra de la nueva Casa Consistorial y la del derribo de las murallas. En la base, la escultura de doña María Cristina, acompañada de dos leones, la fortaleza y la hidalguía. Y, en lo alto, una cuádriga de bronce, sobre la que marchaba hacia el Cantábrico la fama de San Sebastián, con sus alas desplegadas. El oro que revistía al grupo lo hacía reververar hasta Ondarreta. En su inauguración, con asistencia de Alfonso XIII, el Orfeón extrenó el Himno del Centenario, original de José María Usandizaga.

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(23) Su espacio lo ocupó después el Monumento del Centenario y hoy es un círculo florido con una palmera en su centro. El Monte Ruso se suprimió en enero de 1911.
(24) 100.000 pesetas se recaudaron entre el vecindario.

PASEO DE LA CONCHA

 La mayor parte de este actual paseo estuvo anteriormente ocupada por grandes dunas de arena. El Ayuntamiento, con el fin de facilitar trabajo en el mal año laboral de 1845, empleó o un centenar de hombres y a otras tantas mujeres para rebajar y nivelar aquellas feas dunas.

Todavía en 1869 el único camino que atravesaba el arenal entre lo Viejo y San Martín, era una humilde carretera, incómoda y estrecha, que apenas era frecuentada en verano por algunos centenares de personas.

Los extraordinarios temporales de 1865 habían derribado gran parte del muro fabricado en la orilla del mar y el Gobernador Civil mandó reconstruirlo, pero el Ayuntamiento alego que aquel muro databa de tiempo inmemorial y que, por tanto, se ignoraba a quién correspondía atenderlo en su conservación. Como para entonces ya trabajaba la Empresa de la carretera a Andoain, se fijó que el Ayuntamiento pagara 41.580 pesetas y la Empresa la otra quinta parte.

A aquel paseo primitivo, que venía siendo conocido por CALLE DE LOS BAÑOS, se decidió el Ayuntamiento a denominarlo, por acuerdo del 19 de mayo de 1869, con el nombre actual de Paseo de la Concha. Aunque conviene advertir que aquel paseo era más estrecho que el actual. A lo largo de él se establecían tres o cuatro puestos para venta de golosinas y refrescos, varias fuentes como las Wallace parisinas (21) y las tertulias sentadas en las sillas que explotaba la Junta de Beneficencia. Sólo faltaba el arbolado.

Muy pronto creció a su vera una hilera de graciosos «chalets», de dos o tres pisos, que sólo han logrado mantener su original uniformidad, dentro de su variedad, durante poco más de cincuenta años (22), ya que fueron pronto cediendo sus solares para la edificación de hoteles más altos, que rompieron su anterior belleza de línea y con casas de vecindad que cambiaron el capricho ornamental de las primeras por la abstracción de todo adorno en las actuales. Así silueta que ofrece este frente de la ciudad, arquitectónicamente considerada, si gue siendo deplorable por su falta de unidad.

Como los chopos carolinos primitivos, que sombreaban el paseo, no resultaron, se pensó en substituirlos por otra especie más apropiada, viniendo a dar en los tamarices (que entre nosotros han tenido a bien los tales en que les llamáramos «tamarindos», porque también a ellos, en confianza, les gusta más ese nombre...). Según una versión que oímos en la infancia se suponía que habían sido regalados por el emperador del Manchukuo (cuando aún este país no era independiente ni conocía a otro emperador que al chinito de turno, pero resu:taba tan oriental...). Luego hemos leído —con la tristeza que a veces produce la erudición, que fueron importados por iniciativa del concejal Agapito Ponsol, quien los había visto en París y trajo semillas y hasta arbustos de una de las «epinieres» municipales de la capital francesa, en lugar del exótico Manchukuo. Aquellos son los que hoy admiramos, convertidos en árboles de 70 u 80 primaveras.

Sus comienzos, encerrados en cercos de defensa, fueron muy vilipendiados. Así, el Diario de San Sebastián aconsejaba:

<< Sería muy conveniente que los concejales dieran una vuelta por el Paseo de la Concha y juzgaran el papel ridículo que hacen los tamarindos enjaulados».

Y la tramaron con aquella importación de Ponsol sus amigos Soroa y Cándido Soraluce, autores de letra y música de la zarzuela «La Bella Easo», que se presentó con éxito en los car. navales de 1885 y 1886, en el Teatro-Circo. El concejal de los tamarindos ocupaba también su butaca en la noche del estreno hasta que la orquesta, dirigida por Soraluce, inició «el coro de los tamarindos», en el que unas coristas con miriñaque can. taban aquello de «aunque somos chiquititos...» y lo otro de «sal, tamarindo, sal...», mientras todos los espectadores se volvían hacia el concejal, que hubo de salir también, pero a la calle, acompañado aún por la letrilla de las coristas que se guían: «buena sombra daremos para el siglo que vendrá»,

Y ahí los tienen ustedes, tan bonitos, con su sombra y todo, que no sabemos cómo no se han convertido aún en diseño de algún premio representativo donostiarra.

Crecieron y se independizaron de los jaulones en que log habían encerrado. El malicioso Cándido aseguraba que todo su éxito posterior fue debido a que aquellos cantitos de marras les habían excitado el amor propio y se apoderó de ellos una noble emulación. Pensamos si no sería bueno contratar a otro coro de señoritas actuales para que repitieran la experiencia con los aprendices de tamarindos que ahora nos han colocado en lugar de algunos antiguos.

El primer número de El Erricosheme, de julio de 1911, cuando trataba del Monte Ruso que existía a la sazón en Alderdi-eder, dándoselas de ilustrado en botánica, escribía «de los amores dulces que arrullaste bajo tus tamarices perennes, cuya verdura festoneada jugueteaba con el guiñar pálido de las estrellas». No extrañará al lector avispado que tal semanario durara muy poco.

En el verano de 1899, pudieron admirar los veraneantes «el pretil de piedra sillar y bonito respaldo de hierro —como se ve en el plafón del Teatro Victoria Eugenia—, adornado con colum. nas de lo mismo y jarrones de hierro colado», que se acababa de colocar desde la primera rampa hasta el túnel.

El Ayuntamiento, deseoso de eliminar la fea construcción de la antigua Perla, logró una concesión administrativa que le autorizó a ensanchar el paseo de la Concha y levantar otro establecimiento balneario en lugar de aquel otro feo y vetusto. Las gestiones se prolongaron de 1908 a 1913 y así se pudo. además, ensanchar el paseo y construir el voladizo y la rotonda, cuyas obras iban muy adelantadas en 1910. La famosa ba. randilla de la Concha fue obra de Mariano Arrieta. Con todo lo cual iba a quedar «un excelente mirador sobre la playa desde su elegante balaustrada -como escribió Laffitte y sin necesidad de bajar a la arena se contemplará el movimiento de bañistas y las bellezas... del panorama». De aquella manera y con tales vistas se confiaba en que «se modifique la absurda costumbre de sentarse de espaldas al mar, mirando a las fachadas de los hotelitos».

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(21) Hoy se pueden ver, sus Tres Gracias, en el Paseo de Francia.
(22) Para aquel paseo rigieron ordenanzas de ciudad-jardin; pero para contribuir a la erección de hoteles se hizo una excepción en aquellas ordenanzas municipales de arquitectura, naciendo por ese medio los Hoteles de Londres y Continental. Aquella excepción sirvió más tarde para que, con el pretexto de igualar la altura general, fueran sacrificándose las villitas y finalmente hasta el propio Continental (claro que 180 millones de pesetas, que da un valor de 180.000 pesetas el metro cuadrado).

PASEO DE LA ZURRIOLA

 Era el lugar ocupado hoy por los jardines de Oquendo, entre los actuales puentes de Santa Catalina y de la Zurriola. cuando aún no existían ni el hotel Maria Cristina ni el Teatro Victoria Eugenia.

Sombreado por frondosos árboles, aparecía como el escenario adecuado para los desfiles de carruajes, al final de las corridas de agosto, donde algunos hacían ostentación incluso de su automóvil, recién inventado. Sitio escogido para animadísimos bailes populares, para las ferias de septiembre, con la Montaña Rusa, y en el que jueves y domingos, el insustituible y polifacético Marcelino Soroa instalaba su Teatro Guiñol.

Para honrar a un donostiarra ilustre y adornar el nuevo paseo se pensó en levantar un monumento al almirante Antonio de Oquendo. Por una Real Orden previa el Ministro de la Guerra pudo ceder (19.11.1886) a nuestro Ayuntamiento cinco toneladas de bronce, que se habrían de sacar de cañones vie jos que se traerían por mar desde el parque de Santoña. Con todo, en la sesión del 8 de julio de 1892, cuando se leyeron los presupuestos referentes a la estatua, se vino a saber que iba a costar 52.200 pesetas por su modelado, fundición y embalaje. Era esto lo que a la sazón costaba un almirante de bronce. Nos hubiera gustado conocer la opinión de la amatxo del de carne y hueso.

No todo fue grato en aquel paseo. En la víspera de la Virgen de 1895, estando un corista de la Compañía de Opera del Circo durmiendo la siesta sobre el murallón del paseo (¡qué poco cuidaba su laringe!), se cayó al agua y se ahogó. Lo más triste fue que, luego, el público asistente a la Opera ni lo notó.

"EL BULEVAR"

 La prensa de 1885, haciendo la propaganda de la ciudad, aseguraba: «en materia de paseos tenemos la Concha, la Zuirriola, el Boulevard y Atocha o San Francisco». Los donostiarras habían mudado el nombre de la Alameda por el de Boulevard al poco tiempo de que, en 1865, comenzara su historia como primer paseo ajardinado y con arboleda, gracias al triunfo de los alamedistas. Su origen es el mismo que el de los no menos famosos boulevards parisinos, que también ocupan con la mejor eficacia, propia del siglo XX, la militar que cumplieran en siglos pasados las murallas y baluartes del París feudal y absolutista. Nuestro «Bulevar» ocupó igualmente el espacio reservado anteriormente a las murallas.

Y de aquel Bulevar, como lo hemos llamado desde chavales, decía aquel periódico:

«Es la representación de la vida forastera, es aquel foso de la antigua muralla, relleno hoy con sus mismos bloques y convertido en hermosísimo paseo... La época clásica de este delicioso paseo es en agosto, en cuyo mes, el día de la Virgen, la afluencia llega al summum y se reúnen allí muy cerca de 20.000 almas».

Luego el Bulevar se convirtió en lugar tranquilo, adornado de árboles, por el que casi nadie pasea y por el que cruzan muchos y aprisa.

En 1882 se advirtió que el paseo resultaba estrecho y se optó por ensancharlo, agregándole la calle de la Alameda, que se asfaltó. Aquello supuso el final de la que antaño fuera la Plaza Vieja.

Y al año siguiente se trató de darle algún ornato, por lo que decidieron dotarlo de iluminación eléctrica y de gas, por si fallaba la primera, se dejó mayor espacio entre los árboles,pues se les antojó que crecían demasiado lentamente, circunstancia que se aprovechó para reemplazar los plátanos por olmos y rodeando, además, el pie de cada árbol con una placa de hierro agujereado con el fin de que permaneciera siempre floja la tierra y no apisonada, como suele suceder en todo paseo mal atendido.

En el centro de aquel Bulevar se levantó un kiosco (19), desde el que, y durante los tres meses del verano, se regalaba al auditorio con conciertos diarios, de mediodía y de noche. Dos de las mejores bandas de música españolas -recuerda Donosty- pasaron durante los años postreros de los años setenta, dirigidas por los maestros Roig y Pintado, hasta que se fundó la Banda Municipal.

Los donostiarras de aquella época fueron, al parecer, los más clasistas de toda la historia de San Sebastián. Por aquellos años, también en este paseo establecieron su peculiar «apartheid»: los presuntos aristócratas paseaban por la calzada recientemente asfaltada y contigua a la parte del ensanche, la mesocracia, por la avenida de árboles, sobre gravilla y próxima a la calzada aristocrática, mientras que la restante democracia por lo que quedaba, hacia lo viejo, donde no había sillas. En este último sector se encontraban los errikoshemes, los castizos donostiarras los arrantzales, los que consideraban aún una deserción el sólo imaginarse que cruzaban el Bulevar. En la acera de la parte nueva se instalaban en verano puestos de refrescos, en los que se servía «eskonfa ta ura» (20) por cinco céntimos. Eso era con lo que los «pollos» obsequiaban a la cigarrera o modistilla de sus entretelas.

Los paseos eran muy cortos para los elegantes.

En aquel lado elegante del Bulevar se abría el Café Kutz (luego de la Marina), en la esquina con la calle de Garibay, en la manzana siguiente destacaba la pastelería Novelty, centro de reunión de los veraneantes aristócratas, donde hoy está el Trust Joyero, y, pasando la calle de Elcano, que casi ningún veraneante cruzaba, se hallaban aún la Casa Gómez, la Relojería Beiner y hasta el Café del Norte, en la lejana esquina de la calle de Legazpi.

Cruzando a la acera frontal, tropezaríamos con la democracia y encontraríamos el comercio de Pérez Egea y la zapa. tería La Imperial, que muchos hemos conocido, y, luego de algunos portales y antes del Café Oriental, pero ya en los arcos, la Casa Bolla.

Por aquellos años, el Bulevar era el mentidero de la ciudad y, por consiguiente, los periódicos redactaron sus noticias «desde la esquina del Boulevard».

En sus aceras se abría una de las entradas del Casino, los cafés de la Marina, Oriental y del Norte, la cervecería de la viuda de Pozzy, el viejo Parador Real, el «Restaurant des Etrangers», el gabinete del fotógrafo Resines, la camiseria de Olave, el despacho de periódicos de las hermanas Aramburu (que ya vendían prensa extranjera y sin censura), las quincallerías de Ayani, Voisin, Bricheau, Bianchi..., los coloniales de Arana, la confitería de Las Delicias y las relojerías de Beiner, Durant y Girod.

Además, por cinco céntimos, los niños podían pasearse en un cochecito-jardinera, que daba la vuelta a todo el cuadrilátero de Bulevar, entre las risas de sus amiguitos y el cascabeleo del borriquillo.

Un escritor madrileño, entusiasmado por lo que veía en 1888, rimó malamente:

«El bolevard (sic) es bonito. Hay que verle al mediodía cuando, en pelotones, salen las guipuzcoanas de misa, para probar que en el Norte hay también muy buenas chicas que se reirán de firme de las cataduras físicas que en figura de mancebos en verano las visitan».
Pero dejemos a las chicas en pelotones que se rían también del poetastro madrileño que se coló en nuestro veraneo y pasemos a otro paseo.
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(19) El Pueblo Vasco del 4 de mayo de 1907 notificaba: «Llegan de Zaragoza todas las piezas para la construcción del nuevo kiosco el paseo del Boulevard. Hoy empezarán a armarlo». 
(20) Agua con bolados.

PASEO DE FRANCIA

 El 3 de enero de 1914, como un reflejo de los compromisos contraidos por el rey con Poincaré, para el caso de una guerra de Francia con Alemania, San Sebastián, antes de iniciarse la Guerra Europea, denominaba amigablemente Paseo de Francia a lo que hasta entonces se había venido llamando CALLE DE LA ESTACION.

Pero la Casa de Francia, que encabeza hoy ese paseo, no se inauguró hasta el 27 de julio de 1930. Asistieron al acto de inauguración el Subsecretario francés del Interior, el Embajador del mismo país y el Ministro español de Fomento.

PASEO DE LOS CAÑOS

 Ignacio Pérez-Arregui Fort, fiel notario de nuestras calles y paseos, asegura que, en la primera década de nuestro siglo, San Sebastián contaba nada menos que con diez y seis paseos, «a cada cual más bonito, apropiados para épocas distintas y diversidades climatológicas». Los había largos y cortos, frondosos y abiertos, llanos y costaneros. Sólo hablaremos de algunos de los que perdimos y de otros que perduran.

Recorreremos, en compañía del citado escritor donostiarra, el paseo que iba hasta la Fuente de la Salud,

Nacía, como sendero saltarín, en la línea del ferrocarril a Zarauz. Pronto quedaban a mano del paseo un frontón y un ventorro, donde podían merendarse la apuesta ganada a la pelota. Y, muy próxima, aparecía la saludable fuente.

Mas el paseo seguía paralelo a la carretera de la fábrica del gas, con el río -en aquellos años con un cauce muy extenso- a la izquierda y amplias vistas al lejano barrio de Lo. yola. Cruzaba la vía del tren y llegaba a Morlans, atravesando nuevamente la vía —aunque esta vez por debajo de ella, subiendo una escalera para poder continuar por encima de un muro sobre unas lagunas y finalizado, poco después de haber vuelto a cruzar la misma vía, junto a un depósito de agua, que abastecía a la población. Y, precisamente por ello, como todo el paseo era recorrido por la tubería de conducción del agua, que databa de 1609, se dio en apodarlo Paseo de los Caños,

Según una guía de 1894, era aquél un paseo «agradable», ni ancho ni recto, pero sí «abrigado en invierno, fresco en verano», noy diríamos que «climatizado» y pintoresco en toda época. ¿No se podría recuperarlo?