domingo, 30 de mayo de 2021

LA TORRE DE IGUELDO

 Dicen unos que si ha sido faro; dicen otros que si fue fortaleza, hay quien afirma que sirvió de telégrafo; yo creo que pudo ser las tres cosas distintas sin pasar de ser un torreón a propósito para presenciar una de esas borrascas bravías en época de equinocios.

No se recuerda cuando ni quién levantó la torre de Igueldo; pero hay un recurso muy socorrido en estas cosas. El acueducto de Segovia le hizo el diablo, al decir de las gentes. ¡Claro! No se les ocurrió a los romanos dejar signo ni señal que aclarase la historia de tan colosal obra y alguno lo había de hacer.

Si la torre citada no la hizo el diablo, le anduvo muy cerca, porque es creencia bien admitida que es construcción de Felipe II.

Pudo y debió servir de faro y de telégrafo; es lo cierto que sirvió de guarida, aunque por pocos días, a los carlistas, y en el día es una especie de torre de fichas de dominó. Poco menos.

Alzase sin arrogancia, como las viejas enfrente de las muchachas jóvenes, sobre un cerro, y aunque a veces atrae las miradas de los donostiarras, no es ciertamente, ni por su esbeltez, ni por sus recuerdos, sino porque cuando por aquel lado el horizonte se presenta nebuloso, es señal de lluvia.

Y si algo recuerda del tiempo de Felipe II, es triste coincidencia que la fatalidad elabora, que cuando miramos hacia ella sea para ver la tormenta.

Ni más ni menos que cuando nos asomamos a la historia y nos fijamos en las páginas de aquel reinado teocrático: vemos un período de horrenda tempestad.

Desde Igueldo se aprecia la verdadera configuración de la Concha de San Sebastián, cuyo trazado perfecto remata la Isla de Santa Clara formando el broche.

Hay que mirar preferentemente a la izquierda, sobre todo si el mar está agitado.

El monstruo se revuelve, se sacude, se retuerce iracundo en una superficie que la vista no abarca, y viene en ondas que trepidan a estrellarse con estrépito contra el lado posterior de la Isla, cuya cara de roca aparece cortada a sierra y pulimentada a buril.

San Sebastián formando una hoz aparece bella, elegante, airosa. El panorama es espléndido y animado.

Pero al observador le asalta la reflexión obligada en semejantes ocasiones.

La torre representando una época de tiranía que ya pasó, frente a la que el progreso y la civilización forman.

Y tenemos que pisar lo histórico y lo viejo para admirar lo moderno y hermoso.

En noches serenas habréis podido observar el paso de la luna sobre la torre de Igueldo, pareciendo : “un punto sobre la i”, que dijo Alfred Musset.

¿No os ha parecido el aderezo más apropiado para tan tosco torreón?

Una luz muerta iluminando a un fantasma del pasado. Allí la muerte y aquí la vida.


AÉMECE. (LA VOZ DE GUIPUZCOA.- 03/11/1891)