martes, 14 de septiembre de 2021

BROCOLO

 BROCOLO

¿Quién no ha conocido al insigne Brocolo?

Carnicero, empleado en ferrocarriles, pintor de brocha gorda, pescador, militar y músico, tenía aptitudes especiales para todo; pero nació con mala estrella y murió de un derrame amílico complicado con una gastritis zurrutil.

Desgraciado desde su infancia, un matador de cerdos, un zulú, le vació el ojo derecho con un cuchillo propio del oficio, al querer ahuyentar a los chicos que presenciaban la operación del sacrificio cerdil.

Dedicado desde muy joven a las faenas de la carnicería, no era extraño decir: -gaur diat amaren matantza; bigar arrebarena .... queriendo manifestar que el ganado destinado al sacrificio, correspondía limpiar y arreglar a su madre o hermana.

Estuvo encargado de la limpieza de las locomotoras en la Estación de esta Ciudad, y desde entonces databa el reluciente brillo de su bruñida nariz, que más que apéndice humano parecía el aldabón de una antigua casa solariega o el rompeolas de la Zurriola.

Se dedicó a pintar las escaleras de bajada para la playa y terminó el trabajo de una de ellas a los tres meses de haberlo empezado, después de haber empleado quintal y medio de pintura.

Más tarde, y habiéndose formalizado la guerra, ingresó en una compañía volante del distrito, haciéndose célebre por sus extravagancias y por un hecho que merece especial mención.

Al recibir el fusil Remington con el cañón empavonado, nuestro buen Brocolo creyó dar muestras de hombre de talento y de aseado soldado al quitar el pavón al Remington, y sin encomendarse a Dios ni al diablo, coge el fusil, se va a la cocina de la casa donde estaba alojado y comienza a frotar el cañón contra la piedra de la fregadera, hasta dejarlo convertido en una flauta.

Excusado será decir que no le dieron ninguna cruz por la invención de este original procedimiento de limpiar las armas.

Para que se conozcan las envidiables aptitudes que poseía nuestro protagonista, bueno será consignar también que tocaba los platillos en la antigua banda de música del pueblo, verdadero museo de antigüedades por lo que respecta a los instrumentos. Por supuesto, que los platillos no tenían de tales más que el nombre y se reducían a dos tiras de metal que los golpes y la fabricación clandestina de ochavos, iban mermando paulativamente.

Su pintoresca manera de relatar los sucesos era tan particular, que un día queriendo referir el bárbaro castigo que los carlistas dieron a una mujer por sospechosa de espionaje, dijo que le habían propinado veinte palos con una alpargata.

Es célebre la frase con que le contestó su madre cuando a raiz del fallecimiento del padre fue a reclamarle la legítima paterna o aitaren partiak.

En otra ocasión hablaba el insigne Brocolo con el que escribe estas líneas y le dijo que le precisaba ir a Fuenterrabía a visitar a su suegra, ciega hacia muchos años, quien le avisaba que tenía grandes deseos de verle.

Fue servicial en vida y llevó a cabo un acto de arrojo, lanzándose al mar embravecido desde el muro de la Zurriola, a recoger el cadáver de una infeliz cómica que en un momento de desesperación puso fin a sus días, a a sus noches, que esto no está aún bien averiguado.

Fue diestro en el manejo de la Soka-muturra y contribuía por carnaval a las repentinas caídas de los belarri-moches.

Descanse en paz.

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