sábado, 12 de junio de 2021

EL CABARET JAPONÉS DEL GRAN KURSAAL


En las noches de verano, la luz violácea que dejan caer las lámparas de formas exóticas del cabaret japonés del Gran Kursaal atraen, como a las mariposas, a todo noctámbulo consciente de sus deberes.

Mientras los Boldi arrastran los valses y el "jazz-band" americano "Notre Dame" piruetea los "charlestons", los concurrentes al cabaret del Kursaal se divierten en grupos.

Los ingenuos se sientan alrededor de la pista y danzan con entusiasmo furioso en cuanto una de las orquestas ataca un tango, un "charleston", un pasodoble o un vals. Y rodeando con su brazo derecho el talle de su pareja - vestida como una princesa o un hada de cuento con su traje de colores vivos bordado de perlas -, marcan los pasos rigurosamente, trenzan las piernas epilépticamente, imprimen a sus cuerpos ondulaciones de odalisca.... Unos danzan espectacularmente; otros con preocupación armónica y por vocación estética; otros como medida higiénica, con el anhelo de perder unos kilos y ganar flexibilidad. Y todos ellos, al terminar el baile, corren a casa y caen en su lecho pesadamente en un sueño reparador .....

Los misántropos suben las escaleras y se asientan en las proximidades del bar. Desde allí contemplan el espectáculo de la danza con un rictus de amargura en los labios y un comentario irónico, mientras el humo aromático de un cigarrillo oriental se eleva verticalmente como símbolo de la inacción y del hastío. Desde allí retrataba Lagarde la agitación de la pista, y su figura de Greco - triste, alargada y austera- entonaba felizmente en el ambiente de misantropía .....

Los pasionales buscan los palcos y cantan madrigales -poéticos o biológicos- a la dama ocasional a la que acompañan al compás de un vals erótico o un fox enloquecedor.

Y la música de los Boldi y "Notre Dame" y la luz violeta que llueve de las lámparas son un acento que hace sonar más fuerte la ingenuidad, la misantropía y la pasión de los ingenuos, misántropos y pasionales noctámbulos que acuden, como las mariposas, al fulgor de las lámparas del cabaret japones del Gran Kursaal. 

(APUNTES DE LAGARDE - LA VOZ DE GUIPÚZCOA.17/08/1926)


domingo, 30 de mayo de 2021

LA TORRE DE IGUELDO

 Dicen unos que si ha sido faro; dicen otros que si fue fortaleza, hay quien afirma que sirvió de telégrafo; yo creo que pudo ser las tres cosas distintas sin pasar de ser un torreón a propósito para presenciar una de esas borrascas bravías en época de equinocios.

No se recuerda cuando ni quién levantó la torre de Igueldo; pero hay un recurso muy socorrido en estas cosas. El acueducto de Segovia le hizo el diablo, al decir de las gentes. ¡Claro! No se les ocurrió a los romanos dejar signo ni señal que aclarase la historia de tan colosal obra y alguno lo había de hacer.

Si la torre citada no la hizo el diablo, le anduvo muy cerca, porque es creencia bien admitida que es construcción de Felipe II.

Pudo y debió servir de faro y de telégrafo; es lo cierto que sirvió de guarida, aunque por pocos días, a los carlistas, y en el día es una especie de torre de fichas de dominó. Poco menos.

Alzase sin arrogancia, como las viejas enfrente de las muchachas jóvenes, sobre un cerro, y aunque a veces atrae las miradas de los donostiarras, no es ciertamente, ni por su esbeltez, ni por sus recuerdos, sino porque cuando por aquel lado el horizonte se presenta nebuloso, es señal de lluvia.

Y si algo recuerda del tiempo de Felipe II, es triste coincidencia que la fatalidad elabora, que cuando miramos hacia ella sea para ver la tormenta.

Ni más ni menos que cuando nos asomamos a la historia y nos fijamos en las páginas de aquel reinado teocrático: vemos un período de horrenda tempestad.

Desde Igueldo se aprecia la verdadera configuración de la Concha de San Sebastián, cuyo trazado perfecto remata la Isla de Santa Clara formando el broche.

Hay que mirar preferentemente a la izquierda, sobre todo si el mar está agitado.

El monstruo se revuelve, se sacude, se retuerce iracundo en una superficie que la vista no abarca, y viene en ondas que trepidan a estrellarse con estrépito contra el lado posterior de la Isla, cuya cara de roca aparece cortada a sierra y pulimentada a buril.

San Sebastián formando una hoz aparece bella, elegante, airosa. El panorama es espléndido y animado.

Pero al observador le asalta la reflexión obligada en semejantes ocasiones.

La torre representando una época de tiranía que ya pasó, frente a la que el progreso y la civilización forman.

Y tenemos que pisar lo histórico y lo viejo para admirar lo moderno y hermoso.

En noches serenas habréis podido observar el paso de la luna sobre la torre de Igueldo, pareciendo : “un punto sobre la i”, que dijo Alfred Musset.

¿No os ha parecido el aderezo más apropiado para tan tosco torreón?

Una luz muerta iluminando a un fantasma del pasado. Allí la muerte y aquí la vida.


AÉMECE. (LA VOZ DE GUIPUZCOA.- 03/11/1891)